viernes, 23 de noviembre de 2018

Lo que ya he leído (poema en verso blanco)

He vivido experiencias que aún
nadie ha escrito en ningún libro;
no me vengas con que quieres cuidarme:
lo único que necesito de ti,
si es que acaso necesito algo,
es compartir lo que ya he leído.

Tu destreza para doblar esquinas
y para rendir las cuentas finales
no es algo que a mí me impresione.
He soñado en los dos hemisferios
y latido en varias latitudes.
Créeme, sé las vueltas que da el mundo.

De nada servirá que le coloques
cortinas nuevas al nuevo horizonte,
tampoco que pierdas todas tus fuerzas
queriendo abofetear al viento
o detener al mar con tu saliva;
esas también son cosas que he leído.

Así pues, si quieres acompañarme,
limítate a cogerme la mano
y aprende a caminar a mi lado
que yo trataré de hacer lo mismo.
y dejémonos llevar, simplemente,
por el guión de las hojas en blanco.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La casita del tejado amarillo

Tengo una vieja butaca en un rincón de mi casita junto a una ventanita desde donde se divisa casi toda la aldea. En este encrespado terreno que heredé de mi abuelo, en lo alto de una loma y alejado del pueblo, arreglé la pequeña cabaña que mi abuelo usaba como casa de aperos para guardar el ganado cuando esta localidad aún podía sostenerse con dicha actividad.

Hoy, la mayor parte de los jóvenes han migrado a las capitales en busca de un trabajo que les dé una estabilidad económica, aunque la mayor parte sólo ha conseguido meterse en unos agujeros de alquiler, un trabajo precario y un estrés por creer que la solución está a la vuelta de la esquina.

Recientemente, ha llegado a la localidad una mujer que se ha quedado en una casita a la que ha pintado el tejado de amarillo. Llegó sin hacer ruido, sin grandes mudanzas, apenas un par de maletas, en un taxi que paró lo preciso. Nunca he sentido curiosidad por las personas de mi mismo sexo y no sabría describir exactamente qué me atrajo de aquella mujer. A pesar de su discreción, resulta una mujer atractiva a los ojos de cualquiera. Los vecinos, mayores en su mayoría, como ya he dicho, han cambiado la actitud rutinaria y han comenzado a deambular en paseos sospechosos alrededor de la casa con el tejado amarillo. Los más avezados han sido los pocos jóvenes que hay que han dejado de salir a las localidades vecinas de fiesta y han adoptado el hábito de celebrar sus botellones en la puerta de la tasca del pueblo, que no queda muy lejos de la casa.

En cierto modo, he celebrado la llegada de esa mujer por dos razones, principalmente: el pueblo parece más animado; y los pocos que venían hasta mi casa para proponerme siempre actuaciones delirantes pero con discreción han rebajado sus visitas y puedo estar más tiempo tranquila... Aunque lo lamento por ella.

Cada mañana, los muchos que apenas tienen más labor ociosa que la de sentarse en la puerta a ver discurrir el tiempo, regenerados con una misteriosa energía, pasean por la calle principal de la aldea de un lado a otro aguardando a poder cruzarse con la mujer e intercambiar, al menos, un saludo. No he visto que la mujer halla intercambiado nada más con nadie por lo que supongo que la curiosidad también acuciará sus mentes.

Ella sale cada mañana a pasear, cruza sigilosa el umbral de su casita cuando el sol empieza a reflejarse sobre el amarillo del tejado, cruza la calle principal tratando de pasar desapercibida, cabizbaja, coge el camino de Dorotea a la salida de la aldea y, una vez allí, erige su esbelta figura con naturalidad bordeando la costa y fundiéndose con la naturaleza que brega con el mar por guardar el equilibrio.

Las olas se rebelan indóciles pareciendo querer atraparla pero chocan frustradas contra las rocas de la costa y apenas logran acariciar su piel, tornando de brillo la piel de sus brazos con el reflejo del sol.

Al llegar a un rellano tras el bosque, lejos de la aldea y más cerca de mi choza, aún perviven los animales de granja que se rebelaron de la mano de Orwell; no todos parecen aceptar con naturalidad su presencia. Ella trata de acercarse, de ser una más entre la diversidad de especies pero se la nota precavida, demasiado precavida, ante la actitud amenazante de los perros guardianes ladrando a su paso. A pesar de ello, no se achanta y sigue adelante dispuesta sabedora de que el miedo lo paladean y atenazan más, por lo que consigue que la dejen de ladrar y pasen a olisquearla para, posteriormente, darle el visto bueno.

He pensado que era una oportunidad excelente para salir a conocerla pero me visualizo tan inquisitiva como las gentes de la aldea acechándola, a las que parece querer evitar, desisto de mi impulso y continuo esbozando píxeles sobre un papel en blanco. No obstante, me he levantado para apoyarme en el quicio de la ventana a seguir observando pero visible por si ella quiere tomar la iniciativa. Eso me parece mejor, y no asumo riesgos de incomodarla.

Al sentarse al borde de la costa a mirar el mar, o lo que quiera que se mire cuando alguien se sienta frente al mar sin otro horizonte, pues cuando yo lo hago no atisbo mar ni cielo, sólo me pierdo en lo abstracto de mis pensamientos, la he visto que sacaba algo para comer, posiblemente una zanahoria, que ha servido de reclamo para que unos burros en aparente celo se hayan dirigido al trote hacia ella que, al percatarse del acoso y por temor a que pudieran lastimarla, ha salido corriendo, huyendo de ser la protagonista de aquella escena.

Inevitablemente, he salido corriendo en su ayuda pues es cierto que se avalanzaban con cierta fiereza aunque sospecho que con haber soltado la zanahoria habría sido suficiente para aplacar el estado de aquellos équidos.

Al llegar a mi altura, la he instado a entrar en mi choza, a lo que ha accedido presurosa. Al verse a salvo, ha estallado en una carcajada que ha retumbado en todo el interior pero ha sido tan contagiosa que hemos estado así un buen rato mirando alejarse a los burros con cierta resignación. Cuando hemos recobrado la calma la he invitado a tomar una infusión de hiervas de alrededor a la que -he confesado- le hecho un poco de ron que le dé un sabor más dulce, a lo que ha accedido agradecida con una sonrisa dulce y tímida.

Al volver de la cocinita con dos infusiones caseras, he visto que estaba observando con gesto anodino el papel del que ya me había olvidado. Al acercarme, he observado que en mi abstracción había esbozado su silueta desnuda en el abismo abrazando al viento bajo una tormenta de olas rompiendo con las rocas. Con pulso tembloroso, la he acercado su infusión que ha tomado en la mano sin levantar la vista del papel.

- ¿Puedo pintar tu tejado de amarillo?



Belinda, sobre un texto de María Teresa... o adaptación Belindiana de un texto de María Teresa.

viernes, 9 de noviembre de 2018

El imán del norte (breve relato)

Todo parecía estable, encarrilado, incluso me atrevería a decir que cumplido y sosegado. Pero las cuerdas perdieron su cordura, se tambalearon e hicieron perder el equilibrio y, consecuentemente, el control. 

Hubo que recalibrar rumbos y comenzar de nuevo a sopesar direcciones. Como es de prever en estas situaciones, los vientos también parecieron confabularse al acecho desacreditando cualquier vestigio de virtud. 

El tiempo se volvió a medir por estados de ánimo; y el otro tiempo, el que pasa, marcaba su huella incesable y profundamente, sin denuedo. 

De repente, un día, las criaturas dejaron de ser hermosas. Algunos documentales parecían noticiarios de sobremesa y la horca más alta estaba al alcance de la mano. 

El albor de cada mañana quemaba en las entrañas con la acidez de la despreocupación y el ocaso de todos y cada uno de los días, largos como cadenas perpetuas, pesaba con su equipaje de lágrimas sin deshacer y había que arrastrar todos y cada uno de esos días hasta caer rendida a los pies de la cama. Ningún día llegó a terminar en la cama, como si la dureza y frialdad del suelo fueran el justo tributo que debía pagar para encauzar, de nuevo, el sentido de la vida.

Entre el albor y el ocaso, apenas una pobre escala de grises. Entre el ocaso y el albor, con suerte, reposo en medio de una maraña de pesadillas.

Las flores arrancadas antaño con sutileza y previendo siempre la reforestación para comparar bellezas o argumentar obras de arte, principalmente, naturales o artificiales, pasaron a ser pateadas y descabezadas quedando gran parte del polen impregnado en la puntera de las botas despiadadas. 

Tan sólo el desempolvado caparazón la cobijó de la fugacidad consejera de cátedras mundanas y tesis inquisitivas de visillos y mirillas. Y la manecilla de la brújula que le regalara en un aniversario colocado deliberadamente sobre el marco de la puerta seguía con su imán apuntando al norte, lo que maldecía con cierto remordimiento pues cada vez detestaba más las metáforas.

Como resulta del transcurso evolutivo de cada herida, surgió una costra que arrancó, sin embargo, para que cicatrizara su misantropía dejando huella y no hubiera nada que alegar a su extinción ni búsquedas absurdas por su desaparición. 

Arrojó el elixir de la juventud por el váter y tiró hasta tres veces de la cisterna. Después, vació en su interior una botella entera de lejía; vaciando la segunda sólo abandonó cuando el embriagador olor la hizo salir del cuarto de baño.

Bebía cerveza como si fuera a hallar en el fondo de cada una de ellas una respuesta pero, a pesar de su actitud lúdica en este desempeño, sólo conseguía mediar treguas de reposo en las líneas babeadas y dispersas por el suelo.

Buscó las palabras más estériles para tratar de inmunizarse contra el dolor no logrando encontrar, sin embargo, más que las más despiadadas que fluían por su agrietada garganta como alcohol etílico sobre las llagas sangrantes de sus ojos. Así, pues, tampoco halló consuelo definiendo su situación con palabras.

Fue, en medio de este compendio de rutinas rasgadas y sin ninguna causa a la que responsabilizar particularmente, cuando pudo despertar del sueño velado de aquella anestesia sensorial en que la sumió el desamor de una persona que, con el tiempo, se convirtió en sólo un desamor, uno más, aunque fuera el primero.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

La estirpe (breve relato)

Un buen día, quizá no fuera tan bueno pero no vamos a entrar en cuestiones semánticas, aquel individuo al que llamaremos pastor decidió que a todos los halagos recibidos por la captura del elefante, del que comió toda la estirpe, podría sacarlos provecho. Hasta entonces, formaba parte de la manada codo a codo.

Así fue que, tras casi una semana de festejo a costa del paquidermo (hoy de origen proboscídeo) brindando con extraños y originarios alcoholes, y antes de que se pasara la efusividad del hecho, decidió que él se haría cargo de mantener la manada pero a cambio le tendrían que rendir pleitesía. El clamor, dado el entusiasmo por el festín, fue general.

Tras un primer intento, comprobó la ardua labor que suponía instigar a las presas y arrendar a los suyos a que siguieran su ejemplo, por lo que escogió a dos sabuesos para tratar de mantener la manada mientras él seguía llevando a cabo esos cometidos que se había propuesto.

Al principio, no fue mal la cosa pero los sabuesos denotaron cierto abuso en el comportamiento del pastor y le presionaron para obtener también sus beneficios. Tal fue la cosa que, tras intensas negociaciones, llegaron al acuerdo de escoger a cuatro bulldogs para que se ocuparan de "motivar" a la manada.

En esto, el pastor se dio cuenta de que no podría ocuparse de todo y sacar tributo al mismo tiempo por lo que consideró asentar la jerarquía que acababa de comenzar, dejando la recolección a los súbditos, vicio que heredarían sus descendientes junto al lugar que ocupar. Así, tras las pertinentes renegociaciones y haciendo acopio del último jabalí que parte de la manada había traído para honrar al pastor ya sólo se ocuparía de "cuidar" a los dos sabuesos y estos de que no le ultrajaran y, así mismo, de los bulldogs, quienes se ocuparían de unos caniches que había entre la manada a quienes escogieron por lo poco que acertaban a producir pero que, sin embargo, corrían y ladraban de muy buenas maneras logrando intimidar lo suficiente, encomendándoles, pues, la labor de hacer obrar a la manada.

Establecida así la jerarquía de la manada, el pastor, los sabuesos, los bulldogs y los caniches llegaron a creer que de verdad estaban haciendo una labor encomiable para la manada y las intimidaciones de unos a otros surtieron efecto para estos que llegaron a considerar que era lo justo. Casi desde el principio, hubo individuos subversivos en la manada que trataban, no de restablecer el orden originario, sino de ocupar el lugar del pastor o, cuanto menos, llegar a sabueso o bulldog. Las veces que llegó a buen fin tal propósito sólo consiguió que la manda se disgregara pero esto tampoco supuso mayores estragos dado que con cada generación la manada se había ido incrementando de una manera insostenible.

Tiempo pasaría hasta que el más común de los componentes de la manada se percatara del engaño histórico al que había sido sometido y, por ende, la discriminación que eso le suponía sobre su ser. El boca a boca se encargó de aleccionar con este nuevo pensamiento al resto de los comunes de la manada.

Luego vino la tecnología que permitió derribar distancias y unificar criterios, lo que redundó en una organización masiva de comunes. Esto permitió que la conciencia de los componentes de la manada se fuera percatando poco a poco de lo inverosímil y humillante de su situación con respecto a otros iguales en origen de adn. Sin embargo, en esta carrera llevaban ventaja quienes llevaban toda la historia ejerciendo el control.

Mirando hacia el cielo, en busca de la respuesta de sus dioses, nadie se percató de la luna, las estrellas, los planetas y su objeto con la naturaleza, ni falta que les hizo. Sus acciones concluyeron con una gran implosión generada por el descuido del entorno.

El hogar de la inquieta (breve relato)

Desde muy temprana edad, sintió la curiosidad como parte de su condición y, en cuanto la fue posible pero pronto, muy pronto, emprendió su viaje hacia ningún lugar en concreto pero todos en definitiva.

Quería conocer otros paisajes, otras culturas, otras vidas para llegar a comprender el paisaje, la cultura, la vida.

Conoció mujeres y hombres de muy diversas condiciones, rasgos, razas, creencias y supersticiones. Visitó templos, mezquitas, mausoleos y otras obras erigidas hacia el miedo, lo desconocido o el ego. Pagó con visa, lágrimas, sudor y sangre casi cada sello de su pasaporte. Bebió barro, conocimiento, alcoholes insufribles, orina. Comió bichos que harían vomitar a más de la mitad de los seres humanos del planeta. Durmió por cansancio y abatimiento. Enfermó de indecibles virus...

Después de trasegar incomprensiones y medir la distancia mental entre los seres humanos por cada continente y casi por cada país de este mundo -"espero que si hay vida inteligente en otro universo no esté compuesto por seres tan imbéciles de adocilarse a través de las fronteras", pensó-, decidió volver a las orillas del río que la había visto nacer.

Alejada del jaleo ocasional que provocan los vecinos, adquirió una parcela junto al río, vereda arriba por la montaña, donde se instaló en una roca que tenía una abertura sin llegar a mostrarse como cueva gracias al espeso matorral, suficiente para cobijarse de la intemperie y de la mirada curiosa de los transeúntes. El río bajaba con fuerza a escasos cinco metros del acceso a la hondonada.

Allí decidió pasar el resto de su vida viendo transcurrir el agua. "En definitiva -se dijo-, esto es apreciar un paisaje diferente a cada momento, renovándose cada gota de agua, algo que enriquecerá nuevas vidas y culturas pero lejos de mí, pues visto lo visto no se sabrá apreciar en su justa medida".

Mañana, al amanecer (breve relato)

Resultaba tan absurdo que me lo planteé.

Acababa de entrar en mi móvil un correo electrónico. Al tener la dirección del remitente fijada como "correo favorito", el tono diferente al resto de notificaciones me dio la seguridad de que era él, así que me apresuré a buscar intimidad para leerlo.

El mensaje era escueto: "Mañana, al amanecer".

Corrí a mi pensión donde cogí la bolsa con las cosas que preparé para el viaje entre mis brazos, me senté en el borde de la cama y aguardé así hasta que el primer rayo de sol asomara por la ventana.

Al amanecer, me dirigí con prisa hacia el acantilado dejando todo lo demás atrás. Allí me aguardaba, escondida entre los peñascos, la botella que había elegido para emprender el viaje.

La coloqué en el borde del risco, me introduje en su interior, cerré con un tapón hecho a medida con válvulas de respiración que me dispuse para poder cerrar y abrir desde el interior con unos muelles y, con un leve empujón desde dentro, caí hacia las turbulentas aguas que chocaban con violencia contra las rocas. Temí que mi nave no fuera a salir de aquel vaivén del agua con los peñascos pero mis cálculos no fueron muy desacertados y la gravedad favoreció la inmersión bajo las olas tomando una corriente interior que me desplazó hacia el océano en el único golpe de suerte que dejé al azar. Fueron tres minutos de confusión, desorientada, hasta que, al fin, salió a flote. Observé a mi alrededor y la tierra comenzaba a quedarme lejos.

Los primeros días, me acuciaba la inquietud del destino pero me percaté de que así no disfrutaría de aquel mágico entorno: aguas profundas por debajo de mí; la fauna marina curioseando a mi alrededor y las aves posándose inquisitivas picoteando sobre el tapón; embarcaciones titánicas que pasaban rozando mi nave, zarandeándola como a un papel el viento; otras, más pequeñas, lanzando redes que pude esquivar gracias a divisarlas con tiempo a través de costosos impulsos con los que conseguía alejarme de ellas; el verdadero esplendor de las constelaciones;...

Agradecí haber previsto el efecto lupa del sol hacia el interior de mi nave: una tela opaca me resguardaba de sus rayos. Un cojín me permitía cierto acomodo para dormir aliviando posturas; un lápiz y una libreta que usé como cuaderno de bitácora y de los que di buena cuenta incluyendo garabatos. Una toalla, comida y agua envasada eran todos los efectos que me había llevado para evitar distracciones absurdas y peso incómodo.

Lo más arriesgado del viaje fue salir al exterior a tomar el aire o por razones fisiológicas, pues tenía que guardar el equilibrio para que no se volcara la botella en constante movimiento agitada por las olas. Lo más divertido, en cambio, me lo proporcionaron los delfines volteando con sus juegos la nave.

Después de más de un mes a la deriva, cuando más disfrutaba de cada detalle del viaje pese al cansancio, divisé un reflejo aproximándose en el horizonte. Concentrada y ensimismada en estudiar los movimientos causados en la botella según la fuerza o altura de las olas, y cansada de escudriñar ilusiones que se veían frustradas por ingentes cantidades de plástico empeñados en malograr mi viaje, no quise reparar más en ello hasta que llegara el momento.

Fue anocheciendo cuando aquel reflejo adquirió forma. Acariciando el borde de mi nave, observé su sonrisa y su mirada fija a través del vidrio tintado de su nave. Como si me encontrara con "un tal Gavito", salimos al exterior, fijamos las naves procurando un contrapeso de equilibrio para no volcar entrelazando las bocas de nuestras botellas, como se entrelazaron la suya con la mía, y dimos por concluido el viaje, pues allí, y hacia donde nos arrastraran las corrientes, fijamos nuestra residencia con todo predispuesto para alejarnos de cualquier costa que no se divisara rodeable en menos de una jornada y entregamos nuestras vidas unidas a la fortuna del destino de los seres apátridas.