Tengo una vieja butaca en un rincón de mi casita junto a una ventanita desde donde se divisa casi toda la aldea. En este encrespado terreno que heredé de mi abuelo, en lo alto de una loma y alejado del pueblo, arreglé la pequeña cabaña que mi abuelo usaba como casa de aperos para guardar el ganado cuando esta localidad aún podía sostenerse con dicha actividad.
Hoy, la mayor parte de los jóvenes han migrado a las capitales en busca de un trabajo que les dé una estabilidad económica, aunque la mayor parte sólo ha conseguido meterse en unos agujeros de alquiler, un trabajo precario y un estrés por creer que la solución está a la vuelta de la esquina.
Recientemente, ha llegado a la localidad una mujer que se ha quedado en una casita a la que ha pintado el tejado de amarillo. Llegó sin hacer ruido, sin grandes mudanzas, apenas un par de maletas, en un taxi que paró lo preciso. Nunca he sentido curiosidad por las personas de mi mismo sexo y no sabría describir exactamente qué me atrajo de aquella mujer. A pesar de su discreción, resulta una mujer atractiva a los ojos de cualquiera. Los vecinos, mayores en su mayoría, como ya he dicho, han cambiado la actitud rutinaria y han comenzado a deambular en paseos sospechosos alrededor de la casa con el tejado amarillo. Los más avezados han sido los pocos jóvenes que hay que han dejado de salir a las localidades vecinas de fiesta y han adoptado el hábito de celebrar sus botellones en la puerta de la tasca del pueblo, que no queda muy lejos de la casa.
En cierto modo, he celebrado la llegada de esa mujer por dos razones, principalmente: el pueblo parece más animado; y los pocos que venían hasta mi casa para proponerme siempre actuaciones delirantes pero con discreción han rebajado sus visitas y puedo estar más tiempo tranquila... Aunque lo lamento por ella.
Cada mañana, los muchos que apenas tienen más labor ociosa que la de sentarse en la puerta a ver discurrir el tiempo, regenerados con una misteriosa energía, pasean por la calle principal de la aldea de un lado a otro aguardando a poder cruzarse con la mujer e intercambiar, al menos, un saludo. No he visto que la mujer halla intercambiado nada más con nadie por lo que supongo que la curiosidad también acuciará sus mentes.
Ella sale cada mañana a pasear, cruza sigilosa el umbral de su casita cuando el sol empieza a reflejarse sobre el amarillo del tejado, cruza la calle principal tratando de pasar desapercibida, cabizbaja, coge el camino de Dorotea a la salida de la aldea y, una vez allí, erige su esbelta figura con naturalidad bordeando la costa y fundiéndose con la naturaleza que brega con el mar por guardar el equilibrio.
Las olas se rebelan indóciles pareciendo querer atraparla pero chocan frustradas contra las rocas de la costa y apenas logran acariciar su piel, tornando de brillo la piel de sus brazos con el reflejo del sol.
Al llegar a un rellano tras el bosque, lejos de la aldea y más cerca de mi choza, aún perviven los animales de granja que se rebelaron de la mano de Orwell; no todos parecen aceptar con naturalidad su presencia. Ella trata de acercarse, de ser una más entre la diversidad de especies pero se la nota precavida, demasiado precavida, ante la actitud amenazante de los perros guardianes ladrando a su paso. A pesar de ello, no se achanta y sigue adelante dispuesta sabedora de que el miedo lo paladean y atenazan más, por lo que consigue que la dejen de ladrar y pasen a olisquearla para, posteriormente, darle el visto bueno.
He pensado que era una oportunidad excelente para salir a conocerla pero me visualizo tan inquisitiva como las gentes de la aldea acechándola, a las que parece querer evitar, desisto de mi impulso y continuo esbozando píxeles sobre un papel en blanco. No obstante, me he levantado para apoyarme en el quicio de la ventana a seguir observando pero visible por si ella quiere tomar la iniciativa. Eso me parece mejor, y no asumo riesgos de incomodarla.
Al sentarse al borde de la costa a mirar el mar, o lo que quiera que se mire cuando alguien se sienta frente al mar sin otro horizonte, pues cuando yo lo hago no atisbo mar ni cielo, sólo me pierdo en lo abstracto de mis pensamientos, la he visto que sacaba algo para comer, posiblemente una zanahoria, que ha servido de reclamo para que unos burros en aparente celo se hayan dirigido al trote hacia ella que, al percatarse del acoso y por temor a que pudieran lastimarla, ha salido corriendo, huyendo de ser la protagonista de aquella escena.
Inevitablemente, he salido corriendo en su ayuda pues es cierto que se avalanzaban con cierta fiereza aunque sospecho que con haber soltado la zanahoria habría sido suficiente para aplacar el estado de aquellos équidos.
Al llegar a mi altura, la he instado a entrar en mi choza, a lo que ha accedido presurosa. Al verse a salvo, ha estallado en una carcajada que ha retumbado en todo el interior pero ha sido tan contagiosa que hemos estado así un buen rato mirando alejarse a los burros con cierta resignación. Cuando hemos recobrado la calma la he invitado a tomar una infusión de hiervas de alrededor a la que -he confesado- le hecho un poco de ron que le dé un sabor más dulce, a lo que ha accedido agradecida con una sonrisa dulce y tímida.
Al volver de la cocinita con dos infusiones caseras, he visto que estaba observando con gesto anodino el papel del que ya me había olvidado. Al acercarme, he observado que en mi abstracción había esbozado su silueta desnuda en el abismo abrazando al viento bajo una tormenta de olas rompiendo con las rocas. Con pulso tembloroso, la he acercado su infusión que ha tomado en la mano sin levantar la vista del papel.
- ¿Puedo pintar tu tejado de amarillo?
Belinda, sobre un texto de María Teresa... o adaptación Belindiana de un texto de María Teresa.